Por: David Yang, gerente general Oxwear
Agosto es el Mes de la Minería en Chile, y mientras celebramos a quienes mueven una de nuestras industrias más emblemáticas, también vale la pena mirar más allá de los titulares sobre producción o exportaciones. En minería, cada detalle cuenta, y uno de los más invisibles, pero no por eso menos importantes, es el vestuario que usan día a día quienes operan en terreno.
El uniforme en minería es más que una prenda de trabajo, es una capa de seguridad, es ergonomía aplicada, es identidad laboral, y cada vez más, debería ser también una herramienta de inclusión y bienestar.
En faenas del norte o del sur extremo, bajo condiciones de polvo, frío o radiación solar, la ropa de trabajo debe proteger, permitir el movimiento, adaptarse al cuerpo y durar. Sin embargo, durante años las prendas utilizadas en terreno han estado pensadas desde un solo molde: el masculino. Muchas trabajadoras aún deben usar ropa adaptada, grande, incómoda o insegura, diseñada para cuerpos que no son los suyos.
No se trata solo de “verse bien”, es clave poder moverse con libertad, evitar enganches o sobrepeso innecesario, y trabajar con comodidad sin tener que modificar la ropa por cuenta propia.
Estudios internacionales han demostrado que los uniformes ergonómicos, confeccionados con diseño técnico, pueden aumentar la productividad y reducir lesiones musculoesqueléticas, especialmente en industrias exigentes como la minera. En Chile, investigaciones del área de ergonomía aplicada revelan que las mujeres enfrentan mayor riesgo en faenas precisamente por la falta de equipos y vestuario adaptado.
A eso se suma el concepto de “cognición vestida”, desarrollado por la psicología cognitiva: lo que usamos afecta cómo pensamos, cómo nos comportamos y cómo nos sentimos. Una trabajadora con ropa incómoda corre más riesgo, pero también se desconecta más rápido de su tarea.
Esto cobra aún más relevancia si consideramos que el vestuario laboral sigue viéndose muchas veces como un gasto operativo menor. Pero lo que está en juego es mucho más: un uniforme cómodo, ergonómico, bien confeccionado y adaptado al cuerpo y a la tarea puede convertirse en una herramienta estratégica para mejorar el clima interno, reducir la rotación e incluso reforzar el sentido de pertenencia dentro de la empresa.
El uniforme debe ser una extensión del estándar de seguridad, respeto y cultura organizacional que la industria minera busca promover. Y eso implica seguir invirtiendo en él: en telas resistentes, un diseño inteligente, ergonómico y con enfoque de género.
Si queremos una minería más segura, más diversa y más humana, también debemos vestirla con esa misma visión.

























