Santiago, febrero de 2026 – En 2024, una empresa sufrió pérdidas de USD 25 millones después de que un trabajador fuera engañado por un video falso generado con IA, que simulaba instrucciones de un ejecutivo y que le llevó a tomar decisiones sin verificar la autenticidad del mensaje. Este caso subraya cómo los fraudes digitales impulsados por IA ya no son escenas distantes de ciencia ficción, sino amenazas reales que impactan a organizaciones y personas en todo el mundo.
El fraude asociado a la identidad digital está atravesando una transformación profunda. Lo que hasta hace pocos años se manifestaba como intentos aislados o poco sofisticados, hoy se ha convertido en una verdadera industria delictiva, organizada, escalable y potenciada por inteligencia artificial. La verificación de identidad enfrenta un escenario donde el fraude ya no es ocasional, sino sistemático.
Según explica Tomás Castañeda, Product Development Director de Sovos, el principal cambio que se observa es la consolidación de una economía del fraude. “Hace un par de años veíamos intentos más artesanales, pero hoy existe una verdadera economía del fraude, con sitios web que venden identidades falsas por planes de suscripción: desde USD 99 por 10 identidades falsas hasta USD 249 por 50. Es literalmente un negocio”, advierte.
Los datos globales respaldan esta preocupación. En la primera mitad de 2025 se registraron más de 118 mil casos de fraude de identidad a nivel mundial, muchos de ellos impulsados por identidades sintéticas y perfiles fabricados que pueden evadir controles tradicionales de seguridad.
Este fenómeno se ve amplificado por la irrupción de herramientas de inteligencia artificial generativa y deepfakes que, en palabras de Castañeda, “han democratizado la sofisticación del fraude”. “Actualmente, ya no se requieren conocimientos técnicos avanzados para crear documentos falsos, identidades sintéticas o incluso videos convincentes. Basta con tener acceso a estas herramientas para intentar un ataque, lo que ha incrementado de forma exponencial el volumen de fraudes”, explica.
En 2024, las falsificaciones digitales superaron por primera vez a las falsificaciones físicas como el principal método de fraude, con un incremento del 244% respecto al año anterior.
En Latinoamérica, esta evolución tiene características particulares, donde se repite con frecuencia un patrón preocupante: una misma persona utilizando múltiples identidades falsas para abrir cuentas bancarias o solicitar créditos, aprovechando brechas regulatorias y diferencias en los estándares de verificación entre países.
Sin embargo, la tecnología no es el único factor que explica el crecimiento del fraude. El comportamiento humano sigue siendo uno de los principales puntos de entrada. “La tecnología no sirve de nada si las personas no la usan correctamente o si bajan la guardia. El eslabón más débil siempre es humano”, señala Castañeda.
El llamado “optimismo digital”, esa sensación de que “a mí no me va a pasar”, lleva a prácticas de riesgo como compartir demasiada información en redes sociales, reutilizar contraseñas o confiar en enlaces y mensajes que parecen legítimos.
Los atacantes hoy son expertos en ingeniería social. No necesitan vulnerar sistemas complejos si pueden convencer a las personas de entregar sus datos voluntariamente, ya sea a través de correos que simulan provenir del banco, mensajes de WhatsApp bien diseñados o llamadas que se hacen pasar por soporte técnico.
Frente a este escenario, elevar el estándar de seguridad se vuelve imprescindible. Desde la perspectiva del usuario, elementos como la autenticación de dos factores obligatoria, las notificaciones en tiempo real de las transacciones, la posibilidad de bloquear o desbloquear canales y la transparencia sobre el uso y protección de los datos personales deberían ser exigencias mínimas.
Desde el lado de las empresas, la implementación de tecnologías como liveness detection con certificación ISO 30107-3, la validación contra registros gubernamentales cuando sea posible, el análisis de comportamiento y el monitoreo continuo son claves para anticiparse al fraude.
Mirando hacia el futuro, Castañeda destaca tendencias que ya comienzan a consolidarse, como la verificación del “rastro digital” o digital footprint de una identidad. “Una identidad genuina deja huellas: un email con historial, un teléfono con uso consistente. Las identidades falsas no tienen ese comportamiento”, explica.
A esto se suma una carrera inevitable entre IA usada para cometer fraude versus IA utilizada para detectarlo. “Los que ganemos seremos los que tengamos mejores modelos y más datos para entrenarlos”, enfatiza Catañeda.
Finalmente, el experto subraya la necesidad de cambiar el enfoque: dejar atrás una mirada reactiva y avanzar hacia un enfoque preventivo. “Muchas empresas todavía ven la prevención del fraude como un costo, no como una inversión, y solo reaccionan cuando ya fueron atacadas. Sin embargo, el impacto económico y reputacional de un incidente de fraude masivo puede ser devastador”.
Y aunque la tecnología es fundamental, por sí sola, no basta. Para Castañeda, también es imprescindible avanzar en estándares regulatorios más sólidos y homogéneos de verificación de identidad en Latinoamérica. Hoy, la fragmentación normativa entre países -o la ausencia de ellas- complica operar regionalmente y abre brechas que los ciberdelincuentes aprovechan.
En el fondo, “el fraude es un problema de ecosistema, no individual. Bancos, fintechs, comercios y gobiernos deben compartir información y patrones de fraude, como deny lists (listas de denegados), por ejemplo, que permiten que una amenaza detectada en una institución ayude a proteger a otras. Solo con este enfoque colaborativo es posible anticiparse al fraude y mantenerse un paso adelante”, finaliza Castañeda.





































