Si pagamos tantos impuestos por todo, dónde está esa plata

Iván Cifuentes Concha

Perito Judicial certificado por todas las Cortes Apelaciones de Chile. 

Socio de Cifneg Consultores.

Cada vez que llega el mes de abril, muchos chilenos se hacen la misma pregunta: ¿por qué debo pagar tantos impuestos? La respuesta corta es que en Chile la carga tributaria efectiva sobre los trabajadores dependientes puede superar el 30% cuando se suman el impuesto único, las cotizaciones previsionales y de salud. Pero la pregunta real – la que nadie se anima a hacer en voz alta – es otra: ¿y dónde va a parar todo ese dinero?

Chile recauda aproximadamente el 20% del PIB en impuestos, según datos del SII y la OCDE. Es un porcentaje inferior al promedio de los países desarrollados, que ronda el 34%, pero la sensación de presión y desigualdad tributaria es mucho mayor. ¿Por qué? Porque la distribución de esa carga no es pareja, el ciudadano común y corriente paga impuesto por todo. El IVA del 19% es el principal recaudador del Estado y pesa de forma desproporcionada sobre los sectores de menores ingresos, que destinan una mayor parte de su sueldo al consumo. En otras palabras: el que gana menos, proporcionalmente paga más.

En cuanto al destino de los recursos, el Presupuesto de la Nación 2025 supera los 75 billones de pesos. Educación y salud concentran cerca del 40% del gasto fiscal, sectores que están en deuda con la ciudadanía que paga impuestos a diario. A eso se suman transferencias sociales, seguridad pública, obras de infraestructura y el servicio de la deuda pública. El problema no es que el dinero desaparezca, sino que su ejecución y eficiencia son cuestionables. Proyectos con sobrecostos, licitaciones que se extienden por años, malversaciones, hospitales que se inauguran a medias: ahí es donde se pierde la confianza del contribuyente y queda la sensación que cada vez que se paga impuestos es para tratar de llenar un saco roto.

Como perito judicial y asesor con vasta experiencia en litigios tributarios, y como ciudadano que conversa a diario con otros ciudadanos, solo se puede concluir que un sistema tributario justo no solo recauda bien: fiscaliza con criterio y gasta con transparencia.

El debate sobre reforma tributaria que se reanuda en el Congreso no puede reducirse a si subir o bajar tasas. La pregunta de fondo es otra y sobre la cual, nadie se hace responsable: ¿cómo construimos un pacto fiscal donde el ciudadano sienta que lo que paga se traduce en servicios reales, equitativos y de calidad? Para llegar a ese punto se necesitan tres cosas que hoy escasean: transparencia en la ejecución presupuestaria, coherencia en la fiscalización, y voluntad política para cerrar los espacios que hoy permiten que algunos tributen mucho menos de lo que deberían.

Pagar impuestos no debería ser un acto de fe. Debería ser un contrato que el Estado honra con obras, servicios y rendición de cuentas. Mientras ese contrato siga siendo un papel mojado, la pregunta de abril -¿y dónde está mi plata?- nunca tendrá una respuesta satisfactoria. 

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Equipo Prensa
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