Leonardo Arata, abogado tributario de Conpat Global
Leonardo Arata

Por Leonardo Arata, abogado tributario de Conpat Global

Una ventaja tributaria aparente puede terminar dañando el patrimonio familiar que se buscaba proteger. Esa es la paradoja que plantea el proyecto de reconstrucción nacional despachado por el Congreso: establece una rebaja transitoria del 50% al impuesto a las donaciones y exime del pago de contribuciones la vivienda principal de los propietarios mayores de 65 años. Ambos beneficios son atractivos por separado. El problema es que, respecto de un mismo inmueble, optar por uno implica renunciar al otro.

Si un propietario mayor de 65 años dona su casa para acogerse a la rebaja, deja de ser dueño y, con ello, pierde la exención personal de contribuciones. La vivienda pasa al hijo, quien, salvo que reúna por sí mismo los requisitos, comenzará a pagarlas. Si el propietario decide mantenerla, conserva la exención, pero deja pasar la ventana temporal de la rebaja y el traspaso futuro quedará sujeto a las reglas vigentes entonces.

Un ejemplo permite ver la tensión. Supongamos una vivienda cuyas contribuciones ascienden a $3 millones anuales y cuya carga tributaria de traspaso, para efectos del ejercicio, es de $40 millones. Si se dona dentro de la ventana legal, la carga inicial bajaría a $20 millones. Desde entonces se sumarían $3 millones por cada año sin exención: a los seis años, el costo acumulado llegaría a $38 millones; a los siete, a $41 millones. Mantener la propiedad, bajo los mismos supuestos, implicaría no pagar contribuciones mientras opere la exención y enfrentar los $40 millones cuando se produzca el traspaso.

La conclusión fácil sería afirmar que antes de siete años conviene donar y después de ese plazo es mejor esperar. Pero esa sería precisamente la lectura equivocada. La utilidad del ejercicio no está en fijar una regla universal, sino en demostrar que el resultado cambia con el horizonte de tiempo y que una ventaja tributaria inmediata puede activar un costo recurrente capaz de absorberla por completo.

Además, el cálculo deliberadamente simplificado deja fuera variables decisivas: el valor del dinero en el tiempo, posibles cambios en el avalúo o en la legislación, la forma jurídica del traspaso, el uso y control de la vivienda, las necesidades de liquidez de la familia, el tratamiento de una eventual venta y los objetivos sucesorios. Modificar cualquiera de ellas puede desplazar el punto de equilibrio o cambiar la decisión.

Los beneficios tributarios suelen presentarse como compartimentos separados: una rebaja aquí, una exención allá. El patrimonio, sin embargo, funciona como un sistema. Transferir un inmueble no solo modifica un impuesto; altera la propiedad, los flujos futuros, los riesgos y las opciones disponibles para la familia.

Por eso, una decisión responsable exige comparar escenarios completos. Donar ahora, mantener la propiedad o evaluar una estructura distinta deben analizarse sobre un mismo horizonte, con supuestos explícitos y considerando tanto los impuestos inmediatos como los costos que aparecen después. Mirar únicamente el ahorro del primer día equivale a decidir con la mitad de la información.

El error más común en planificación tributaria es confundir un beneficio disponible con un beneficio conveniente. Una rebaja no siempre significa ahorro si, para obtenerla, se pierde otra franquicia más valiosa en el tiempo. Del mismo modo, conservar una exención hoy puede tener un costo mayor si se deja pasar una oportunidad transitoria que era adecuada para ese patrimonio.

La buena planificación no consiste en maximizar cada franquicia por separado, sino en evaluar su efecto conjunto y alinearlo con los objetivos de la familia. Cuando dos beneficios se excluyen, la pregunta correcta no es cuál parece más atractivo en abstracto, sino cuál produce el mejor resultado para esa persona, ese inmueble y ese horizonte. En materia tributaria, la ventaja aislada puede ser la ilusión más costosa.

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