- El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, decidió disolver anticipadamente el Parlamento y convocar elecciones para el 29 de noviembre. Lo hizo después de que el Congreso rechazara dos medidas con las que su gobierno buscaba enfrentar la crisis de vivienda del país. Para Sánchez, esos reveses probaron que ya no cuenta con los votos para avanzar y que corresponde devolver la decisión a los ciudadanos.
Sánchez plantea así una pregunta sobre el rumbo del país: ¿quieren darle una mayoría parlamentaria robusta para avanzar en derechos sociales, especialmente en vivienda, o prefieren un gobierno del Partido Popular y Vox? Pero los electores pueden entender la elección de otra manera. Más que pronunciarse sobre la vivienda o el bloqueo del Congreso, pueden verla como una decisión entre continuidad y cambio. Sánchez puede formular la pregunta, pero no controlar la respuesta.
En una elección, las motivaciones rara vez se ordenan en torno a un solo asunto. Para algunos pesará la vivienda; para otros, el desgaste de ocho años de gobierno, la corrupción, la inmigración o la fragilidad de la coalición. Sánchez intentará responsabilizar a quienes bloquearon sus medidas, mientras la oposición buscará convertir la votación en un balance de su gestión.
El riesgo tiene un precedente favorable para Sánchez. En 2023 adelantó las elecciones cuando los sondeos anticipaban una mayoría del Partido Popular y Vox. El PP fue la fuerza más votada, pero no logró formar gobierno. Sánchez articuló entonces una nueva mayoría parlamentaria y ahora confía en repetir la jugada, aprovechando que la crisis de la vivienda ha movilizado a la izquierda y desplazado otros asuntos incómodos para su gobierno.
Sin embargo, esta vez las condiciones parecen más adversas. Las derrotas de los oficialismos en Argentina, Estados Unidos y Chile muestran lo difícil que se ha vuelto retener el poder, mientras distintas expresiones de la derecha crecen en Occidente. No es una regla inevitable, pero recuerda que gobernar desgasta y que el descontento no siempre beneficia a quien intenta representarlo.
Para Chile este episodio deja dos aprendizajes. El primero es que una mayoría suficiente para alcanzar el gobierno no siempre es capaz de gobernar. El segundo puede parecernos extraño: en España, el jefe de Gobierno puede impulsar la disolución del Parlamento y convocar elecciones para resolver un bloqueo. En nuestro presidencialismo no existe esa salida; Ejecutivo y Congreso deben convivir hasta el final de sus mandatos, incluso cuando ya no pueden construir acuerdos.
Sánchez ha devuelto la palabra a los ciudadanos. Es una salida democrática y una formidable apuesta: convertir la impotencia parlamentaria en nueva legitimidad popular. El 29 de noviembre sabremos si los españoles respondieron la pregunta que formuló o aquella que más teme: no cómo seguir gobernando, sino si llegó el momento de que gobiernen otros.





































