José Lagos
Docente UEjecutivos
Facultad de Economía y Negocios
Universidad de Chile
Durante décadas, imaginamos que el gran riesgo de la inteligencia artificial llegaría en forma de máquinas conscientes, robots fuera de control o sistemas capaces de enfrentarse a la humanidad. Sin embargo, el verdadero armagedón de la inteligencia artificial podría estar relacionado con una progresiva pérdida de control humano sobre decisiones económicas, sociales y políticas, que afectan nuestra vida cotidiana.
La paradoja es evidente. Nunca habíamos dispuesto de una tecnología con semejante capacidad para aumentar la productividad, acelerar la investigación científica, optimizar procesos industriales y transformar industrias completas. Pero tampoco habíamos desplegado con tanta rapidez sistemas capaces de influir en decisiones financieras, laborales, militares y políticas sin comprender plenamente sus consecuencias.
La advertencia no proviene solo de críticos de la tecnología. El papa Francisco dedicó atención a la inteligencia artificial durante los últimos años de su pontificado. En su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2024 y ante los líderes del G7, planteó que la tecnología puede ayudar al ser humano, pero no debe sustituir su responsabilidad moral. Su preocupación fue clara frente al uso de sistemas autónomos en conflictos armados.
Sin embargo, el principio es mucho más amplio, ya que existen decisiones que, por su impacto sobre la dignidad y la vida de las personas, no deberían ser delegadas a una máquina. Preocupaciones semejantes también han surgido desde el corazón de Silicon Valley.
Sam Altman, CEO de OpenAI ha defendido el potencial económico y científico de esta tecnología. Al mismo tiempo, ha reconocido la necesidad de establecer mecanismos de supervisión, regulación y cooperación internacional, para los sistemas de inteligencia artificial más avanzados. En 2023, estuvo entre quienes respaldaron una declaración del Center for AI Safety, que situaba los riesgos extremos asociados con la inteligencia artificial entre los desafíos de atención global.
Cuando voces provenientes del Vaticano y del propio ecosistema que desarrolla algunos de los sistemas de inteligencia artificial más avanzados coinciden –desde perspectivas distintas–, en la necesidad de establecer mecanismos de control, vale la pena prestar atención.
El problema más urgente es preguntarnos si nuestras instituciones serán capaces de gobernar una tecnología, cuya velocidad de desarrollo supera la velocidad de las regulaciones, sistemas educacionales y organizaciones. Para Chile, esta discusión es especialmente relevante, pues nuestro país enfrenta simultáneamente dos riesgos.
El primero es adoptar la inteligencia artificial lentamente. Las empresas que la utilicen para automatizar procesos, analizar información, mejorar decisiones y desarrollar nuevos productos pueden obtener ventajas competitivas importantes. Minería, energía, banca, retail, logística, salud y servicios públicos tienen enormes oportunidades para incrementar su productividad. Quedarse fuera de esta transformación tendría costos económicos considerables.
Un segundo riesgo se asocia con adoptar inteligencia artificial demasiado rápido, sin desarrollar al mismo tiempo las capacidades necesarias para supervisarla.
Existe, además, una dimensión económica estratégica. La revolución de la inteligencia artificial está concentrada en un número pequeño de empresas capaces de financiar centros de datos, desarrollar modelos avanzados y acceder a capacidad computacional a una escala difícil de replicar.
Para nuestro país, existe el dilema si queremos convertirnos únicamente en consumidores de inteligencia artificial desarrollada en otras economías. La soberanía tecnológica no significa construir un equivalente nacional de los mayores modelos del mundo, sino que disponer del talento, la infraestructura, la regulación y el conocimiento para comprender, adaptar y auditar los sistemas que utilizamos; así como fortalecer nuestra ciberseguridad.
La inteligencia artificial está aumentando simultáneamente las capacidades defensivas y ofensivas del mundo digital. Puede detectar fraudes y amenazas con mayor rapidez, pero también puede facilitar campañas de engaño, automatización de ataques y manipulación de información. Chile debe adoptar la inteligencia artificial para mejorar productividad e innovación, pero hacerlo acompañado de reglas claras sobre responsabilidad, transparencia, protección de datos, ciberseguridad y supervisión humana.
¿Seremos capaces de aprovechar su extraordinario potencial sin renunciar, en el proceso, a nuestra capacidad de decidir, supervisar y hacernos responsables?





































