Los avances en inteligencia artificial están acelerando cambios concretos en la industria legal, especialmente en la manera en que se ejecuta y coordina el trabajo. Un ejemplo reciente es el de Baker McKenzie, una firma global, que volvió a quedar en el foco tras reportes que apuntan a múltiples despidos en sus departamentos de servicios comerciales globales, en un proceso asociado a una mayor implementación de IA. Según esa información, la medida podría implicar una reducción cercana al 10% de su plantilla, equivalente a un rango estimado de entre 600 y 1.000 puestos. Es correcto, no se hablaba de abogados, sino roles de soporte a la operación, pero ello no obsta la relevancia del tema para la industria legal.
Casos como este, exponen que el debate en el sector se está desplazando desde “adoptar herramientas” hacia “gestionar el trabajo como una operación”, con foco en consistencia, trazabilidad y control de calidad. “Noticias como la de Baker McKenzie exponen que el cambio no está partiendo por reemplazar el criterio legal, sino por ordenar la operación: definir procesos, estandarizar entregables y establecer puntos de control”, señala Andrés Jara, fundador de Alster. Y añade un punto clave: “La IA suele acelerar lo repetible, pero también hace más visible dónde hay fricción, retrabajo o falta de trazabilidad, en Alster lo identificamos como el paso desde la artesanía legal hacia la capacidad diseñada”.
Implementar la IA con control (y no solo con velocidad)
En la práctica, los equipos que avanzan de forma más sólida tienden a partir por lo básico: entender cómo fluye el trabajo hoy, dónde se acumulan esperas y por qué se repiten rondas de revisión. Preguntas que antes quedaban implícitas hoy se vuelven operativas: cuánto tarda un contrato de punta a punta, cuántas iteraciones se generan y por qué, cuánto tiempo se pierde buscando información o esperando aprobaciones, y qué se entiende por un entregable “aceptable” y verificable, algo de lo que hablamos desde hace años pero que la IA pone mucho más en evidencia.
Desde esa perspectiva, una ruta razonable para capturar eficiencia sin perder control suele enfocarse en ordenar primero, automatizar después. Esto implica mapear los procesos de mayor demanda, donde el volumen y la repetición justifican intervenir, definir estándares mínimos de salida (plantillas, playbooks, criterios de revisión, políticas, skill rules, entre otros) y establecer puntos de control claros.
“Cuando se implementa IA sin estándares, el resultado puede ser variabilidad y más retrabajo. Por eso, en el ámbito legal suele crecer la necesidad de gobernanza: definir quién valida, con qué criterios y cómo se mide la mejora. Antes era poco habitual usar una RACI en el mundo legal, hoy es imperativo”, advierte Andrés Jara. En otras palabras, la conversación práctica termina siendo menos sobre la herramienta y más sobre el sistema: responsabilidades, calidad, tiempos de ciclo y trazabilidad.
También se vuelve crítico trabajar sobre los activos que la IA “consume” para producir resultados consistentes: documentación vigente, precedentes curados y una gestión de datos que permita accesos definidos, versionado y rastreo de cambios. Ese orden reduce fricción y, al mismo tiempo, facilita medir mejoras reales: comparar antes y después en tiempos de ciclo, retrabajo y causas de demora, con pilotos acotados que permitan ajustar el proceso antes de escalar.
Las señales recientes refuerzan una idea que se repite en la evolución del sector: la adopción de IA no se limita a incorporar tecnología, sino que tiende a impulsar ajustes en cómo se planifica, se controla y se mide la entrega del trabajo legal.
Sobre Alster
Somos una empresa que integra experiencia en servicios legales, metodologías de operaciones legales y tecnología para gestionar el trabajo legal de forma eficiente, escalable y con inteligencia estratégica. Nuestro modelo transforma la función legal en un socio clave del negocio, capaz de generar impacto medible y resultados sostenibles.
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