La creciente complejidad de la crisis hídrica está impulsando nuevas formas de producir y distribuir agua en el país. Frente a las limitantes regulatorias de la gran infraestructura y la urgencia de avanzar más rápido, las soluciones modulares comienzan a posicionarse como una herramienta estratégica para asegurar abastecimiento en comunidades, sectores productivos y territorios aislados, como complemento a los proyectos estructurales que el país requiere a largo plazo.
Chile enfrenta un escenario crítico: más de 1,5 millones de personas viven en zonas declaradas en sequía y la disponibilidad de agua en el norte y centro podría caer hasta un 50% hacia 2030–2060, según la Dirección General de Aguas (DGA). Aunque existen 32 plantas desaladoras operativas y más de 50 proyectos en carpeta según el catastro CBC–ACADES, la obtención de permisos puede tomar más de 11 años, retrasando soluciones urgentes. En este contexto, las tecnologías modulares comienzan a ganar protagonismo por su rapidez de despliegue y capacidad de operar en territorios donde las grandes obras no llegan, aportando soluciones inmediatas mientras los proyectos mayores avanzan en sus ciclos de desarrollo.
“El país necesita mirar más allá de la gran infraestructura”, plantea Ivo Radic, gerente general de VIGAflow, empresa especializada en tecnologías de filtración, tratamiento y purificación de agua, con experiencia en desalación y reúso a pequeña y mediana escala. Para él, el debate ya no se limita a construir grandes plantas para abastecer a regiones completas, sino también a incorporar alternativas de menor caudal —de hasta 50 L/s—, capaces de entregar agua potable, de riego o para procesos industriales, especialmente en zonas rurales y productivas donde los grandes proyectos no son viables. “Hay lugares donde una planta de gran tamaño no es viable ni técnica ni económicamente. Ahí las soluciones modulares no solo aceleran el acceso al agua hoy: lo hacen posible”, afirma.
A diferencia de la infraestructura tradicional, que requiere años de permisos, obras civiles y concesiones marítimas, las plantas descentralizadas pueden estar operando en cuestión de meses, y si existen flotas para arriendo, en cuestión de semanas. Esta lógica, asegura Radic, permite que el país no quede atrapado esperando proyectos cuyo desarrollo puede tardar entre cinco y diez años, especialmente donde la disponibilidad de suelo, la distancia a la costa u otras restricciones vuelven inviable el despliegue de iniciativas mayores. En ese sentido, lo modular actúa como un refuerzo táctico para acelerar el acceso al agua en zonas críticas.
Para el gerente general de VIGAflow, la clave es la flexibilidad tecnológica. Con una única solución modular se puede tratar agua salobre de pozos, agua de mar o efluentes domésticos e industriales, produciendo agua en distintos estándares según el uso requerido. “Podemos entregar prácticamente cualquier volumen y calidad de agua. La limitación actual no es técnica, es regulatoria”, subraya, en referencia a las restricciones que aún dificultan habilitar el reúso directo de aguas residuales tratadas o masificar el uso de aguas grises, cuya regulación sanitaria está pendiente hace años.
Radic destaca también los avances que han vuelto estas soluciones más accesibles y sostenibles: integración con energías renovables, sistemas de recuperación energética en ósmosis inversa, diseños compactos que facilitan el transporte y montaje, y configuraciones que permiten la operación remota. Uno de los ejemplos más ilustrativos, explica, es el uso combinado del agua producida y del concentrado en agricultura: el agua purificada puede destinarse a cultivos sensibles a la salinidad, mientras que el concentrado —tradicionalmente desechado— puede aprovecharse en especies altamente resistentes, como la quinoa, transformando un residuo en un recurso productivo.
Otro punto relevante es la necesidad de disminuir la presión sobre las fuentes continentales, particularmente en zonas donde la extracción de napas, ríos o vertientes sigue siendo la primera opción. “Paradójicamente, algunas voces critican la desalación mientras se mantiene una presión insostenible sobre las fuentes naturales. Si queremos proteger ecosistemas y garantizar agua a futuro, debemos avanzar hacia nuevas fuentes y reducir la dependencia de las tradicionales”, sostiene. En este equilibrio, las soluciones descentralizadas aportan velocidad y cercanía, mientras que la gran infraestructura ofrece continuidad y escala.
Con plantas fabricadas en Chile y exportadas a decenas de países, Radic enfatiza que estas soluciones descentralizadas no solo entregan agua: crean industria local, conocimiento técnico y empleos especializados, abriendo una nueva línea de desarrollo para el país.
El Congreso ACADES 2026 será un espacio clave para profundizar esta discusión, donde las soluciones modulares —rápidas, flexibles y de cercanía— convivirán con las grandes obras nacionales en un debate que apunta a un mismo objetivo: asegurar agua para la vida, la producción y el futuro de Chile.























