La Ley Karin no solo ha visibilizado la magnitud del acoso y la violencia en el trabajo, sino que también está empujando un cambio cultural en las organizaciones.
No es deseable que todo acto indebido necesariamente se judicialice, porque limita la espontaneidad en las relaciones y genera una distancia emocional con quienes debemos hacer equipo y colaborar. Sin embargo, la Ley Karin ha pasado a convertirse en el instrumento orientador y justiciero que al parecer las personas estaban buscando hace ya bastante tiempo. Lo cierto es que, en demasiadas empresas, muchas conductas violentas eran normalizadas y aceptadas. Y el menoscabo era considerado un instrumento más de la administración. Sin embargo, la riqueza de esta ley no solo está en permitir realizar denuncias que antes no eran consideradas relevantes. Un dato, según un reporte de BUK entre 2024 y 2025, más de la mitad de las denuncias no califican bajo esta normativa. Sino que, paradojalmente, lo que se está logrando es su desuso. Desde su entrada en vigor se evidenció un explosivo aumento de denuncias, que luego han ido disminuyendo en su cantidad. ¿Posibles razones?, muchas; sin embargo, lo que queda claro es que ha servido para educar sobre qué es y qué no es acoso laboral. Esto implica agudizar el ojo a la hora de invocarla. Por lo demás permite que las empresas tomen razón e implementen estrategias para lograr la armonía interna y la resolución constructiva de los conflictos. Solo el hecho de verse involucrado en una denuncia como esta, ha permitido desincentivar las malas prácticas y buscar caminos más convenientes y sanos. Tal vez este camino permite que se llegue al momento en que la Ley Karin ya casi no se invoque.
























