Columna de opinión | Cuando saber no basta: la crisis ética en la universidad

Guillermo Tobar Loyola

Director Nacional de Formación Integral 

Universidad San Sebastián Sede De la Patagonia

 

A veces una pregunta extrema permite revelar una verdad profunda. No porque debamos elegir realmente entre dos opciones, sino porque el contraste nos obliga a pensar qué tipo de sociedad estamos construyendo. ¿Es preferible un ingeniero impecable en cálculo, geometría y física —capaz de garantizar que los puentes no caerán— pero sin comprensión del valor humano de la libertad, la cultura o la historia? ¿O uno profundamente sensible, generoso y culto, pero con deficiencias graves en su formación profesional? La respuesta parece evidente, pero inquietante: ninguna de las dos opciones basta por sí sola. Sin embargo, esta reflexión deja de ser teórica cuando observamos ciertos hechos recientes. 

 

La agresión a una autoridad pública, como la sufrida por la ministra Ximena Lincolao a manos de estudiantes universitarios, no puede leerse únicamente como un episodio aislado. Es un signo preocupante de una fractura más profunda: la desconexión entre formación intelectual y formación ética. No basta con saber mucho si no se ha aprendido a convivir, a respetar y a reconocer la dignidad del otro, incluso en el disenso.

 

Este tipo de violencia interpela directamente a la universidad. ¿Qué estamos formando cuando quienes han accedido a la educación superior —y tienen el privilegio de estudiar, dialogar y pensar— recurren a la agresión como forma de expresión? No se trata solo de una falta de autocontrol, sino de una carencia formativa más honda: la incapacidad de reconocer límites, de asumir responsabilidades y de comprender que la libertad no es mera expresión de la voluntad, sino ejercicio orientado por la verdad y el bien. La formación integral implica educar la inteligencia y también el carácter. Supone comprender que la excelencia profesional se fortalece cuando está sostenida por una convicción ética sólida. Cuando esto falla, las consecuencias son evidentes: estudiantes que confunden convicción con imposición y espacios universitarios que dejan de ser lugares de encuentro para convertirse en escenarios de confrontación.

 

Por eso, la universidad no puede limitarse a transmitir conocimientos ni a promover habilidades técnicas. Está llamada a formar personas íntegras, capaces de convivir en una sociedad plural, de dialogar con respeto y de actuar con responsabilidad. Esto exige recuperar con claridad el valor de los límites, no como imposición externa, sino como condición para una libertad auténtica. Porque, en el fondo, la pregunta ya no es solo qué profesionales queremos formar, sino qué tipo de personas estamos ayudando a ser. Y la respuesta definirá no solo la calidad de nuestras universidades, sino también la convivencia de nuestra sociedad. Como advirtió MacIntyre, “No puedo responder a la pregunta ‘¿qué debo hacer?’ sin responder antes a la pregunta ‘¿de qué historia o tradición formo parte?’”.

Google News Portal Innova
Síguenos en Google Noticias

Equipo Prensa
Portal Innova