Por Carla Fuenzalida, directora ejecutiva de Lukkap Chile
Hay una paradoja en la transformación digital que estamos viviendo: nunca habíamos tenido tantas herramientas para hacer nuestro trabajo más rápido y, sin embargo, seguimos preguntándonos si las personas serán capaces de adaptarse a ellas. La inteligencia artificial (IA) está cambiando la manera de producir, analizar información y tomar decisiones, pero quizás estamos poniendo demasiada atención en la tecnología y muy poca en quienes deben utilizarla.
Hoy muchas empresas están invirtiendo en inteligencia artificial, capacitando a sus equipos y promoviendo el uso de nuevas plataformas. Es un avance necesario, pero también existe el riesgo de confundir digitalización con transformación. Porque enseñar a utilizar una herramienta no significa necesariamente preparar a una persona para trabajar de una manera diferente.
Este desafío surgió en una conversación con George Lever, economista jefe de la Cámara de Comercio de Santiago y especialista en economía digital, en nuestro podcast Hay Talento de Lukkap Chile, donde abordamos cómo la tecnología está modificando la productividad y las competencias que necesitan los profesionales para mantenerse vigentes.
La reflexión que me parece más relevante es que la inteligencia artificial no elimina automáticamente el valor de la experiencia, pero sí obliga a demostrarlo de una manera distinta.
Durante décadas, gran parte del valor profesional estuvo asociado al conocimiento acumulado, al dominio de determinados procesos y a la capacidad de resolver problemas a partir de experiencias anteriores. Hoy, cuando una herramienta puede procesar grandes volúmenes de información en segundos, ese conocimiento sigue siendo importante, pero ya no basta por sí solo.
La diferencia estará cada vez más en la capacidad de interpretar información, formular buenas preguntas, comprender contextos, anticipar consecuencias y tomar decisiones. En otras palabras, en aquello que la tecnología puede apoyar, pero que no necesariamente puede resolver con el criterio que exige cada organización.
Esto representa una oportunidad especialmente interesante para los profesionales con mayor trayectoria. Su experiencia les permite reconocer patrones, comprender la cultura de una empresa y detectar riesgos que muchas veces no aparecen en los datos. Sin embargo, ese conocimiento necesita dialogar con las nuevas herramientas. La experiencia que no se actualiza corre el riesgo de perder relevancia, mientras que la tecnología sin criterio puede conducir a decisiones equivocadas.
Por eso, me parece un error abordar la inteligencia artificial únicamente como un desafío generacional. No todos los profesionales jóvenes son expertos digitales, ni todos los mayores presentan resistencia al cambio. La verdadera brecha podría estar entre quienes mantienen la disposición a aprender y quienes consideran que lo que saben hoy será suficiente para el futuro.
Aquí aparece una responsabilidad que las empresas todavía no han resuelto completamente. No basta con ofrecer cursos de IA o enseñar a escribir instrucciones para una plataforma. Es necesario revisar cómo se organizan los equipos, qué tareas pueden automatizarse, cuáles requieren mayor juicio humano y cómo se aprovecha el conocimiento que ya existe dentro de la organización.
También implica abandonar una idea bastante instalada: que innovar significa necesariamente reemplazar lo antiguo por lo nuevo. Muchas veces, las mejores oportunidades aparecen precisamente cuando se combina la experiencia de quienes conocen profundamente un negocio con las capacidades de quienes dominan nuevas tecnologías.
Desde nuestro trabajo en acompañamiento y desarrollo de carreras profesionales vemos que la reinvención no consiste en empezar de cero, sino en identificar qué parte de nuestra experiencia sigue aportando valor y cómo podemos proyectarla hacia nuevas necesidades del mercado. Y eso exige una actitud activa de los propios profesionales. Esperar a que la empresa ofrezca una capacitación o a que el mercado exija una nueva competencia puede significar llegar tarde. Aprender sobre IA, experimentar con sus aplicaciones y comprender sus límites debiera ser parte de la actualización permanente de cualquier carrera.
El gran desafío de las organizaciones no será solamente incorporar inteligencia artificial, sino conseguir que sus personas sean más valiosas gracias a ella. Porque la productividad del futuro no dependerá exclusivamente de cuánto trabajo podamos automatizar, sino de cuánto mejor podamos pensar, decidir y crear con las herramientas disponibles.
La inteligencia artificial puede hacer que muchas tareas pierdan valor. Lo que no debiera ocurrir es que, por concentrarnos únicamente en la tecnología, terminemos desaprovechando el talento y la experiencia que las empresas ya tienen.
Síguenos en redes sociales
Encuéntranos en Google
Equipo Prensa
Portal Innova















