profesora de economía circular

Cuando ingresé a mi nuevo trabajo, en marzo de 2026, me encontré con un equipo extraordinario de académicos e investigadores. Como suele ocurrir en estos espacios, las conversaciones transitan por conceptos muy académicos que hoy ocupan un lugar cada vez más relevante en la discusión sobre el desarrollo sostenible, entre ellos el tema de la economía circular, sustentabilidad, circularidad, innovación, emprendimiento, gestión de recursos y responsabilidad ambiental. Son conversaciones y discusiones que en la actualidad forman parte de una agenda académica y empresarial, con una creciente intensidad se interpreta que intentan responder una pregunta que ya no es posible seguir postergando: ¿cómo podemos generar desarrollo y bienestar sin seguir consumiendo los recursos naturales como si fueran infinitos?

 

En medio de las conversaciones que he presenciado me ocurre algo muy curioso. Cada vez que escucho a colegas o expertos hablar sobre economía circular, mi pensamiento se desplaza inmediatamente desde la universidad, las empresas y los modelos de gestión hacia una casa ubicada a 452 kilómetros de Santiago, en la comuna de El Carmen, en la Región de Ñuble. Allí vive María Teresa, mi madre y, aunque ella probablemente jamás se ha definido de esa manera, para mí es la primera y verdadera profesora de economía circular. Claramente ella, no tiene publicaciones académicas sobre el tema, no participa de congresos ni seminarios de sostenibilidad y tampoco utiliza terminologías que hoy forman parte de las discusiones profesionales sobre esta temática. Sin embargo, ella, lleva décadas practicando, con una naturalidad admirable, algo que las organizaciones no hacen tanto están aprendiendo a incorporar en sus estrategias, que es mirar los recursos no solamente por lo que son, sino también por aquello en lo que todavía pueden convertirse.

 

Es muy común llegar a la casa de María Teresa y escuchar que me diga una de sus primeras frases, “¿Me trajo mis cositas?”. Bueno sus “cositas” son, en realidad, pocillos que alguna vez fueron envases de margarina, recipientes de una casata de helado u otros envases que, en muchos hogares, probablemente habrían terminado en la basura, en cambio para María Teresa, en cambio, ese objeto no ha llegado al final de su historia; simplemente ha terminado una de sus funciones, pero le quedan varias otras aún. Algo parecido ocurre con las botellas, por ejemplo, puede encontrar una botella de algún licor muy bonita, guardarla durante un tiempo y, cuando uno menos lo espera, descubrir que ya no contiene aquello para lo cual fue originalmente fabricada, sino arroz, legumbres o algún alimento que cuidadosamente ha almacenado para el invierno. Lo extraordinario no es solamente que reutilice las cosas, sino más bien lo verdaderamente interesante es la manera en que las observa aquello que nosotros vemos un residuo, ella encuentra una posibilidad de volver a utilizarlo.

 

Esa capacidad que tiene María Teresa de observar de una manera diferente constituye, a mi juicio, una de las ideas centrales de la economía circular. La economía circular se ha definido de diferentes maneras según el investigador y profesional que estudia esta materia a nivel mundial, como podemos revisar en el trabajo “Conceptualización de la economía circular: Un análisis de 114 definiciones” (Kirchherr et al., 2017). Podría decirse que el único denominador común en todas las definiciones es el esfuerzo por hacer un mejor uso de los recursos, aunque lo que constituye un «mejor» sigue siendo objeto de debate (Velenturf & Purnell, 2021). Observando a María Teresa la mejor en este tema, a mi juicio, uno de los conceptos de economía circular que más me acomoda dado mi ámbito profesional es mirar la economía circular como un sistema económico que sustituye el modelo tradicional de «fin de vida útil» por estrategias para reducir, reutilizar y reciclar materiales a lo largo de los procesos de producción, distribución y consumo, con el objetivo de lograr un desarrollo sostenible a través de la calidad ambiental, la prosperidad económica y la equidad social. 

 

Frente a modelos lineales tradicionales de extraer, producir, consumir y desechar, observo en María Teresa y los expertos del tema, que la circularidad propone mantener los productos, materiales y recursos en uso durante el mayor tiempo posible, preservando su utilidad y valor. Claramente sus fundamentos teóricos e intelectuales tienen una historia que antecede largamente a la popularidad actual del concepto, pero hoy adquieren una relevancia especial frente a la presión que ejercemos sobre los recursos naturales y frente a los desafíos ambientales que acompañan nuestros actuales patrones de producción y consumo. La economía circular, por tanto, no consiste simplemente en reciclar más, veo que además supone cuestionar la lógica misma del descarte y preguntarnos si aquello que hemos denominado residuo es realmente un residuo o si, bajo determinadas condiciones, todavía conserva valor. 

 

Pero existe otra disciplina que también me hace pensar en María Teresa, y claramente es el mundo en el cual yo me muevo, una de las disciplinas más hermosas del mundo “la contabilidad”. Durante mucho tiempo, desde los tiempos del creado del concepto partida el fray Luca Pacioli (Rodríguez Parra & Morales Ospina, 2019), la contabilidad se ha concentrado fundamentalmente en reconocer, medir, clasificar y comunicar hechos económicos y financieros (Hidalgo, 2005). Esa función ha sido indispensable para el funcionamiento de las organizaciones y de los mercados, en el pasado, pero hoy con la evolución de la inteligencia artificial y la transformación digital de las empresas, la contabilidad como disciplina de apoyo estratégico en las empresas y organizaciones, ha comenzado a plantear algo de enorme relevancia, que corresponde a ¿qué ocurre cuando determinados riesgos y oportunidades ambientales pueden tener consecuencias económicas significativas, pero permanecen invisibles o insuficientemente representados en los sistemas tradicionales de información financiera?.

 

Es precisamente en este punto donde adquiere interés el concepto, quizás poco conocido, el de la contabilidad verde, que no se debe entender como una nueva especialidad técnica, sino que debemos verla como parte de una evolución en la manera de comprender la relación entre economía, sociedad y naturaleza. Varios especialistas sostienen que la contabilidad verde (Congreso Flacso, 2023) busca ampliar nuestra capacidad de reconocer y comunicar información vinculada con el uso de recursos naturales, los impactos ambientales y las consecuencias económicas asociadas a ellos. En otras palabras, introduce en nuestra forma de pensar contablemente una realidad que durante demasiado tiempo fue tratada como si no tuviera necesariamente un costo, pero debe tenerse presente que la naturaleza también forma parte de la ecuación económica. 

 

Para los contadores y auditores esta discusión debe tener una particular importancia en el contexto de las Normas Internacionales de Información Financiera (NIIF S1 y S2), dado que la incorporación de estas normas al ámbito de la información corporativa representa un cambio significativo en la relación entre sostenibilidad y reporte empresarial, porque busca que los riesgos y oportunidades relacionados con la sostenibilidad y el clima que puedan afectar las perspectivas de una entidad sean comunicados de manera útil para quienes toman decisiones. En Chile, la Comisión para el Mercado Financiero incorporó estos estándares mediante la Norma de Carácter General N.° 519 y, en julio de 2026, anunció una extensión de un año para la obligación de reporte. Y aquí es donde vuelvo inevitablemente a María Teresa porque mientras nosotros discutimos sobre estándares, materialidad, indicadores, riesgos climáticos, divulgaciones y contabilidad verde, ella continúa haciendo algo mucho más sencillo y, quizás por eso mismo, profundamente significativo, dado que antes de desechar algo, piensa si todavía puede servir. Su razonamiento no está expresado en términos de eficiencia de recursos, gestión ambiental o creación de valor sostenible, simplemente está expresado en una pregunta mucho más cotidiana que todos debíamos realizarla constantemente ¿Para qué lo voy a botar si todavía sirve?. Es pregunta contiene una lógica económica extraordinariamente potente, porque si un objeto puede cumplir una nueva función, su vida útil se extiende, y si se extiende su vida útil, disminuye la necesidad de reemplazarlo, y cuando disminuye la necesidad de reemplazarlo, también disminuyen los recursos que deberán movilizarse para producir uno nuevo, eso es simplemente extraordinario y María Teresa lo implementa día a día, sin saber el argumento técnico ni económico detrás de esa acción. 

 

Observando a mi alrededor, quizás una de las mayores dificultades de la sostenibilidad actualmente, sin ser yo ni cercanamente a un experto en el tema, sea precisamente conseguir que conceptos que parecen pertenecer a mundos diferentes comiencen a conversar entre sí. Es decir, economía circular, contabilidad verde, información financiera, gestión de riesgos, innovación y sostenibilidad no deberían comprenderse como compartimentos independientes, dado que forman parte de una misma transformación, que es aquella necesidad de reconocer que la manera en que utilizamos los recursos tiene consecuencias económicas, ambientales y sociales, y que esas consecuencias deben formar parte de las decisiones que tomamos los individuos y las empresas.

 

Las empresas, hoy en día, enfrentan un desafío que es simultáneamente técnico y cultural, dado que necesitan desarrollar capacidades para medir y reportar, pero también necesitan transformar la manera en que entienden la creación de valor. Se puede deducir que, durante décadas, producir más, vender más y reemplazar más rápido pudieron ser considerados signos de dinamismo económico, hoy en cambio, comienza a adquirir mayor importancia otra pregunta ¿cuánto valor somos capaces de generar utilizando responsablemente los recursos que ya tenemos? Es aquí, donde se puede ver que la economía circular debe estar presente en la gestión productiva y la contabilidad verde incluido sus estándares de sostenibilidad, deben adquirir una real importancia en las empresas al momento de la toma de decisiones. 

 

La historia de María Teresa contiene para mí una enseñanza única y real, que considero especialmente relevante para quienes estamos formando profesionales y pensando el futuro de las organizaciones. La sostenibilidad no comienza necesariamente con una gran inversión, una tecnología sofisticada o un nuevo estándar internacional, más bien esas herramientas son fundamentales para escalar y sistematizar los cambios, pero existe algo anterior, y corresponde a una cultura que valore los recursos y que sea capaz de reconocer su potencial antes de considerarlos descartables. Tal vez por eso me parece tan interesante que hoy las universidades tengan un papel fundamental en este tema, y me es grato escuchar a colegas discutir y conversar sobre la economía circular, dado que somos nosotros quienes estamos formando profesionales que deberán desenvolverse en empresas donde la sostenibilidad ya no puede ser entendida como una declaración de principios desconectada de la estrategia. Tendrán que comprender información financiera y no financiera, evaluar riesgos, interpretar indicadores, tomar decisiones sobre recursos y entender las consecuencias ambientales de las actividades económicas. Creo que además de enseñar herramientas tecnológicas vigentes, necesitamos cultivar en los jóvenes durante su proceso formativo, una determinada forma de mirar el mundo que tenemos y que se nos viene, porque reitero sin estar cerca de ser experto en economía circular, si puedo ver que ninguna enseñanza ni metodología de economía circular será suficiente si quienes la aplican continúan observando los materiales como objetos de usar y desechar. María Teresa lo entendió hace años, y por debemos inculcar también, que ninguna evolución de la contabilidad será suficiente si no somos capaces de comprender que detrás de cada cifra existen recursos, decisiones y consecuencias.

 

He participado en estos días de varios webinar y seminarios sobre NIIF S1 y S2, y escucho hablar de sostenibilidad, sustentabilidad y mi cabeza no pienso únicamente en estándares, modelos de gestión o investigaciones académicas, sino que pienso en María Teresa, en sus pocillos, en esas antiguas botellas de licor que terminan convertidas en recipientes para guardar alimentos y en esa capacidad casi intuitiva para otorgarle una nueva vida a aquello que aparentemente ya cumplió su propósito. Es decir, pienso que, de alguna manera, su práctica cotidiana y nuestras discusiones académicas están hablando de lo mismo, aunque utilicen lenguajes completamente diferentes.

 

Los expertos María Teresa
Han comenzado a construir conceptos, metodologías y estándares para explicar, medir y comunicar. Aprendió simplemente viviendo.
Hablamos de circularidad Reutilizando
Hablamos de eficiencia en el uso de los recursos Evitando desperdiciar los recursos
Hablamos de creación de valor sostenible Encuentra valor donde otros ven un residuo
Hablando de contabilidad verde para reconocer dimensiones ambientales que tienen consecuencias económicas Hace décadas, toma decisiones cotidianas bajo una lógica que reconoce que los recursos tienen valor y que ese valor no desaparece simplemente porque un producto haya cumplido su primera función

 

No pretendo convertir esta historia familiar en una demostración científica de que mi madre practica una teoría económica, eso sería ridículo y exagerado, es más conceptualmente incorrecto. Lo que sí creo es que su experiencia cotidiana permite comprender algo que a veces olvidamos cuando sofisticamos algunas disciplinas, porque debemos ser capaces de ver que detrás de cada concepto existe una conducta humana que le da sentido. Lo que he podido observar es que la economía circular necesita personas capaces de pensar circularmente, por otro lado, la sostenibilidad necesita culturas que valoren los recursos y finalmente la contabilidad verde necesita sistemas de información capaces de hacer visible aquello que antes permanecía fuera de nuestra mirada económica.

 

Si alguien hoy me pregunta por qué estás hablando de economía circular, probablemente no sabría responder técnicamente lo correcto, quizás sí podría hablar con mayor fluidez de la eficiencia de recursos, sostenibilidad empresarial, creación de valor, contabilidad verde o de los nuevos desafíos que enfrentan las organizaciones frente a las NIIF S1 y S2. Por otro lado, si tuviera que explicar dónde comenzó mi interés por la circularidad, hoy tendría una respuesta mucho más sencilla, y diría comenzó mucho antes de marzo de 2026 y mucho antes de mis conversaciones con académicos e investigadores, comenzó en El Carmen-Ñuble, observando a María Teresa guardar, reparar, reutilizar, transformar y encontrar nuevas posibilidades en las cosas que otros simplemente habrían desechado.

 

Mi primera y verdadera profesora de economía circular nunca necesitó una sala de clases para enseñarme, su universidad fue su casa, sus materiales fueron las cosas que otros consideraban inútiles y su método fue una pregunta que probablemente resume mejor que muchas definiciones el espíritu de la economía circular. ¿Y si todavía puede servir para algo más? Hoy, mientras las empresas avanzan hacia nuevas formas de gestionar, medir y comunicar su relación con la sostenibilidad, sigo pensando que esa pregunta conserva una vigencia extraordinaria. Porque antes de aprender a contabilizar el valor de los recursos, quizás necesitamos volver a aprender a reconocerlo, y esa lección, al menos en mi caso, comenzó con María Teresa.

 

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