Sobre el estado del Reino

La primera Cuenta Pública del Presidente José Antonio Kast tuvo una virtud evidente: fue coherente con el relato que lo llevó al poder. Seguridad, crecimiento económico y responsabilidad fiscal fueron los pilares de un discurso que buscó transmitir orden y dirección. No hubo grandes sorpresas ni cambios de rumbo.

El eje dominante fue, sin duda, la seguridad. Y probablemente debía serlo. Chile enfrenta una crisis real en materia de delincuencia, crimen organizado y percepción de inseguridad. Los anuncios fueron numerosos: intervención de barrios críticos, fortalecimiento de fronteras, modernización penitenciaria y nuevas herramientas para policías y fiscales. Sin embargo, también es allí donde el gobierno enfrentará su principal examen. A casi tres meses de asumir, todavía no logra mostrar resultados suficientemente visibles para una ciudadanía que precisamente votó esperando cambios rápidos en esta materia. Los anuncios importan, pero la evaluación terminará realizándose sobre resultados concretos.

En materia económica, la Cuenta Pública volvió a instalar el crecimiento en el centro de la discusión. El gobierno insiste en que sin crecimiento no habrá recursos para financiar desarrollo, seguridad ni políticas sociales. Pero la ambición también genera preguntas. Crecer al 4%, reducir el desempleo al 6% y recuperar cientos de miles de empleos son metas deseables, aunque extraordinariamente exigentes en el contexto actual. El impulso a la inversión y la reducción de trabas pueden ayudar, pero difícilmente bastarán por sí solos.

También hubo ausencias difíciles de ignorar. La descentralización prácticamente desapareció del discurso. Las regiones aparecieron más como escenarios donde se ejecutan políticas nacionales que como protagonistas de una estrategia de desarrollo propia. Hubo anuncios para carreteras, puertos y Metro, pero pocas referencias al fortalecimiento regional o a una visión territorial del crecimiento. En regiones como Biobío, donde el empleo y la reconversión productiva siguen siendo desafíos urgentes, la Cuenta Pública dejó poco material al cual aferrarse.

Quizás ahí aparece la principal reflexión. El gobierno mostró con claridad aquello contra lo que quiere luchar, pero fue menos claro al describir aquello que quiere construir. Hubo diagnóstico, prioridades y gestión. Lo que faltó fue una visión más convocante de futuro. Porque gobernar no consiste solo en administrar emergencias. También implica ofrecer un horizonte compartido, y quizás ese sea su principal desafío pendiente. Porque el estado del Reino no se mide solo por cómo enfrenta sus crisis, sino también por la capacidad de construir un futuro compartido.

 

Lucas Serrano

Cientista Político y director de carrera Administración Pública

Universidad San Sebastián

 

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