Hay que apostar por el Chile del futuro

Francisco Ormazábal – Académico Facultad de Economía y Negocios (FEN) UNAB
La consigna de ENADE 2026 fue clara: «Tempus Invertendi», tiempo de invertir. Tanto el Presidente José Antonio Kast como el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, hicieron un llamado explícito al sector privado a movilizar capital, acelerar proyectos y volver a apostar por Chile. El mensaje de fondo fue que el Gobierno ha avanzado en reducir trabas, aprobar iniciativas y generar mejores condiciones para la inversión, y que ahora corresponde al sector privado asumir el desafío.

Sin embargo, la pregunta verdaderamente relevante no es si hay que invertir, porque no todas las inversiones tienen la misma capacidad de generar crecimiento, empleo y desarrollo. Tampoco todas aprovechan las ventajas competitivas que Chile posee para las próximas décadas.
Destrabar proyectos fue una promesa de campaña y hoy constituye una de las principales banderas del Gobierno. Sin embargo, una vez que la inversión comienza a recuperar espacio, surge una interrogante aún más relevante: ¿dónde debemos invertir? Porque el desarrollo de un país no depende únicamente del volumen de inversión que recibe, sino de la capacidad de dirigir esos recursos hacia sectores que generen ventajas competitivas duraderas. El desafío ya no es solo acelerar proyectos, sino elegir correctamente los proyectos que definirán el Chile de los próximos treinta años. Y allí aparecen cuatro grandes apuestas.

La primera apuesta: energía

Chile posee probablemente una de las mejores oportunidades energéticas del planeta. La combinación de radiación solar en el norte, capacidad eólica en distintas regiones y una creciente infraestructura eléctrica permite proyectar al país como un exportador de energía limpia y de derivados asociados, particularmente hidrógeno verde. Diversos análisis de expertos destacan la energía como uno de los sectores con mayor potencial hacia 2050.
Además, se trata de una inversión con efectos multiplicadores. Energía más barata no solo beneficia a las empresas eléctricas. Reduce costos para la minería, la industria, los centros de datos y los hogares. Invertir en energía es invertir en competitividad.

La segunda apuesta: minería 2.0

La minería seguirá siendo el corazón exportador de Chile. Pero la oportunidad ya no está únicamente en extraer cobre. Ahora está en capturar una mayor parte de la cadena de valor asociada a minerales críticos para la transición energética global. La demanda por cobre, litio y tierras raras continuará creciendo a medida que aumente la electrificación de la economía mundial. El ministro Quiroz ha advertido que Chile enfrenta la mayor caída de producción de cobre de su historia reciente, por lo tanto, esto significa que la inversión minera del futuro debe enfocarse menos en administrar la capacidad existente y más en recuperar liderazgo mediante tecnología, productividad y nuevos proyectos.

La tercera apuesta: acuicultura y alimentos
Cuando Chile creó la industria salmonera, construyó una historia de éxito global. El crecimiento mundial de la población y la demanda por proteínas abren un espacio enorme para la expansión de industrias alimentarias sofisticadas. Aquí existe una oportunidad particularmente interesante para las regiones y así poder generar crecimiento regional distinto a Santiago.

La cuarta apuesta: economía del conocimiento

Este punto suele quedar relegado frente a las industrias tradicionales, lo cual claramente es un error. El crecimiento futuro dependerá cada vez más del conocimiento, los datos y la tecnología. Chile nunca competirá con China en manufactura masiva, pero sí puede competir en servicios globales, software, inteligencia artificial aplicada, innovación financiera, telecomunicaciones y soluciones tecnológicas para industrias donde ya posee experiencia. La pregunta no es si la inteligencia artificial cambiará la economía chilena. La pregunta es si Chile participará activamente en esa transformación o simplemente la consumirá.

La verdadera inversión que falta

Hay una verdad incómoda que pocas veces queremos discutir. Chile no tiene un problema de falta de ideas. Tampoco de talento. Mucho menos de recursos naturales. Lo que hemos perdido durante la última década es algo bastante más difícil de recuperar: la confianza.
Y cuando la confianza desaparece, desaparece mucho más que el optimismo. Desaparecen los proyectos que nunca se presentan, las contrataciones que nunca se realizan, las empresas que deciden esperar, los emprendedores que prefieren no arriesgar, las familias que postergan decisiones importantes. Por eso me parece insuficiente hablar de inversión únicamente en términos de dinero. El capital sigue existiendo. Los fondos de inversión existen. El ahorro existe. El financiamiento existe.

La pregunta es otra.

¿Existen las condiciones para que las personas quieran arriesgar ese capital?
Porque toda inversión es, en esencia, un acto de confianza en el futuro. Un empresario que construye una planta no está comprando cemento. Está apostando a que dentro de diez o quince años el país seguirá ofreciendo oportunidades. Un emprendedor no invierte porque conoce el futuro. Invierte porque confía en él. Y un consumidor hace exactamente lo mismo cuando compra una vivienda, cambia su automóvil o inicia un proyecto familiar.

El mensaje político no debería estar dirigido únicamente al mundo empresarial. Debería entenderse como una invitación más amplia: reconstruir la confianza económica del país. Porque no existe crecimiento sostenido sin inversión, pero tampoco existe inversión sostenida sin confianza. La confianza del empresario para expandirse, la confianza del trabajador para capacitarse, la confianza del emprendedor para innovar, la confianza del consumidor para gastar y a confianza de todos en que las reglas del juego serán relativamente estables dentro de cinco, diez o veinte años.

Y aquí está el verdadero desafío, la confianza no se anuncia desde un escenario, no se decreta en una ley, no se construye con un discurso; se gana con instituciones que funcionen, con permisos que se otorguen en plazos razonables, con estabilidad regulatoria, con seguridad, con crecimiento, con señales coherentes y persistentes en el tiempo. Por eso, más importante que preguntarse si es tiempo de invertir, es preguntarse si estamos siendo capaces de reconstruir las bases de esa confianza. Porque cuando la confianza vuelve, la inversión llega, y cuando la inversión llega, el crecimiento deja de ser una promesa para transformarse en una realidad.