Mauricio Lizana es un empresario inmobiliario con una historia de origen meritocrático y de interesante ascenso. Comenzó en el mundo financiero para luego consolidarse como un referente en el sector inmobiliario.
Su apuesta: un modelo de desarrollo que piense en el largo plazo y no solo en la venta del mes. Con su nuevo proyecto, Inmobiliaria Toscana, plantea un enfoque inmobiliario que no parte desde las ventas, sino desde los terrenos.
El mercado de parcelas en Chile ha vivido etapas de transformación profunda. Tras años de expansión acelerada, en 2022 una circular del SAG frenó el ritmo, obligó a revisar cientos de proyectos y expuso fallas estructurales en un sector que creció sin toda la regulación necesaria.
Para algunos actores, este periodo fue una crisis; para otros, una oportunidad. Entre estos últimos está Mauricio Lizana, quien ha convertido esa adversidad en una plataforma para repensar el desarrollo inmobiliario desde criterios de sostenibilidad, identidad territorial y profesionalización.
Construir con propósito: más que parcelas
En un negocio donde por años primó la lógica del volumen, Lizana decidió avanzar en otra dirección. Su objetivo no es un récord de subdivisiones, sino crear desarrollos con identidad propia. “No hacemos proyectos por hacer… Cada desarrollo tiene un concepto, una identidad y una experiencia que queremos que la gente sienta cuando llega”, explica.
En la práctica, eso significa preocuparse por elementos que parecen estéticos, pero que responden a una filosofía más amplia. Cipreses, portones de piedra, iluminación especial y una serie de detalles que evocan pertenencia.
“Mientras otros venden parcelas como un producto masivo, nosotros apostamos por proyectos que la gente quiera habitar, no solo comprar”, agrega Lizana.
En ese sentido, el empresario comenta que ya trabajan en desafíos y oportunidades en proyectos en Casablanca, Curacaví y Mantagua. “¿Por qué esperar a tener la casa de tus sueños si antes puedes tener el terreno de tus sueños?”, reflexiona.
Para Lizana, Toscana llega con un enfoque donde construir distinto es más que un eslogan, sino un método de trabajo, un compromiso y sobre todo, una filosofía empresarial. Vivir a una hora de Santiago, construir la vida que se quiere y seguir conectado a la ciudad.
Este enfoque introduce una dimensión poco explorada en el rubro: la sostenibilidad emocional. El proyecto debe no solo cumplir la normativa, sino dialogar con el paisaje, con los vecinos, con la forma en que las personas imaginan su vida futura. Lizana lo resume así: desarrollo responsable es aquel que agrega valor al territorio en el largo plazo.
Profesionalización: el camino hacia un mercado más transparente
Tras la reestructuración del negocio a raíz de la circular del SAG, muchos actores no lograron mantenerse. Según explica Mauricio Lizana, “Muchos quebraron, otros cambiaron de rubro y algunos cometieron ilícitos vendiendo proyectos no aprobados”.
La caída de los mayores operadores dejó una pista despejada, pero también una responsabilidad: demostrar que este mercado puede hacerse de manera seria.
Esta visión incluye trabajar con bancos, fondos de inversión y actores externos que aporten credibilidad. Es un giro respecto al modelo tradicional, donde la mayoría de los proyectos se financiaban solo con adelantos de compradores.
Su idea a futuro es incluso más estructural: crear, junto a un tercero validado (portales inmobiliarios o actores del mercado), un centro de datos del mercado de parcelas. Hoy, nadie puede decir con exactitud cuántas parcelas se venden, a qué precios, cuál es el metro cuadrado real o la velocidad de venta de un proyecto. Sin información, no hay planificación territorial posible.
Aunque su enfoque no es puramente financiero, Lizana reconoce un fenómeno al alza: la parcela como vehículo de inversión superior al departamento tradicional.
“Un inversionista inteligente sabe que el terreno es el mejor vehículo: tiene plusvalías tres o cuatro veces superiores y no tiene costos de mantención”, comenta. La demanda, especialmente en regiones, sigue activa y muchos compradores pagan al contado.
Pero su argumento va más allá de los porcentajes de valorización. Lo que propone es entender la inversión como parte de una visión sostenible, adquirir un terreno que pueda adaptarse al futuro, mantenerse útil y conservar valor sin depender de ciclos urbanos o gastos fijos.
Hoy, esta filosofía tiene que ver con la confianza, con la profesionalización, con desarrollar espacios habitables que duren y tengan identidad. Con crear un mercado donde los inversionistas se sientan seguros y donde las comunidades no vean en las parcelas una amenaza, sino una oportunidad bien hecha.











































