Por Carla Fuenzalida, Directora Ejecutiva de Lukkap Chile (Empresa B)
Chile está viviendo un cambio profundo en su realidad laboral. No sólo por la digitalización o los modelos híbridos, sino porque miles de personas mayores de 60 años quieren –y pueden– seguir trabajando. Sin embargo, el mercado aún opera bajo prejuicios antiguos: que no saben de tecnología, que no se adaptan a los jóvenes, que son más costosos. Pero la evidencia muestra lo contrario. ¿Qué empresa puede darse el lujo de prescindir de experiencia, red de contactos, criterio y madurez en un entorno cada vez más complejo, considerando además que como representan un 14% de la población en Chile?
A estas barreras culturales se suma un marco laboral poco flexible: jornadas rígidas, contratos poco adaptables, expectativas de disponibilidad constante. Todo esto limita a quienes desean mantenerse activos, ya sea por interés, por identidad profesional o por necesidad económica. Y al mismo tiempo, limita al país en su capacidad de aprovechar un talento que sigue plenamente vigente.
El contexto demográfico no deja espacio para la indiferencia. Según la OCDE, Chile pasará de un índice de dependencia de personas mayores de alrededor de 23,6% en 2025 a cerca de 43% en 2050, uno de los crecimientos más acelerados de la región. Es decir, habrá cada vez más adultos mayores en relación con la población activa. En este escenario, incorporar al talento senior no es una opción altruista: es una estrategia de sostenibilidad económica y social.
En Lukkap vemos todos los días que el talento senior no “se jubila” de su capacidad de aportar. Mirando hacia los próximos años, Chile necesita avanzar con decisión en cambios que permitan un mercado laboral más inclusivo y preparado. Flexibilidad adaptada a distintas etapas de vida, sistemas de contratación por proyectos, modelos híbridos para roles de experiencia, políticas públicas que incentiven equipos multigeneracionales, programas de reconversión y actualización permanente, y evaluaciones basadas en resultados más que en presencia física. Al mismo tiempo, las empresas deben empezar a diseñar trayectorias laborales que no terminen abruptamente, sino que evolucionen según las capacidades, intereses y ritmos de cada persona.
En nuestra experiencia con más de 500 personas sobre 58 años, que han logrado diseñar un “tercer tiempo laboral”, nos damos cuenta que si bien la determinación y el apoyo son claves, la sociedad como un todo debe crear las condiciones para que cada persona decida libremente hasta cuando trabajar.
La diversidad generacional no sólo enriquece el aprendizaje interno, sino que hace a las empresas más productivas, tomando lo bueno de cada generación.
Permitir que quienes desean seguir aportando puedan hacerlo es, en última instancia, un acto de visión estratégica.
Reconocer que trabajar no es solo para quienes tienen 30 o 40 años es abrir espacio a un Chile más inclusivo, más inteligente y mejor preparado para su propio futuro.

























