Por Alan Ibáñez García, seremi de Desarrollo Social y Familia de Ñuble
Hay una pregunta que debiera acompañarnos cada vez que hablamos de cuidados: ¿cómo está la persona que cuida? Solemos preguntar por la salud de quien necesita asistencia, por sus medicamentos o por su próxima atención médica. Con menos frecuencia nos detenemos en quien organiza esas horas, acompaña los tratamientos y permanece disponible durante buena parte del día y de la noche.
En Ñuble, esa pregunta tiene especial urgencia. Somos la segunda región con mayor índice de envejecimiento del país, según el Censo 2024: por cada 100 menores de 15 años hay 97,6 personas de 65 años o más. Esta realidad nos exige pensar cómo queremos envejecer y con qué apoyos contarán nuestras familias.
El reporte regional de personas cuidadoras, con información a agosto de 2026, entrega un antecedente que merece nuestra atención: el 27% de las personas cuidadoras identificadas tiene 60 años o más. Un 25% tiene entre 60 y 79 años y un 2% ya cumplió los 80. Es decir, más de una de cada cuatro personas que cuidan es también una persona mayor.
Detrás de ese porcentaje puede haber una mujer que acompaña a su marido mientras enfrenta sus propias dificultades de salud, o una madre que ha envejecido cuidando a un hijo. Son situaciones que nos obligan a mirar el cuidado desde ambos lados: las necesidades de quien recibe apoyo y las condiciones de quien lo entrega.
Ñuble registra 11.148 personas cuidadoras identificadas. El 87% son mujeres. Esta cifra expresa una responsabilidad que sigue distribuida de manera profundamente desigual y que puede reducir las posibilidades de trabajar, estudiar, descansar o mantener una vida social. El cariño con que se cuida no elimina el cansancio ni reemplaza la necesidad de contar con ayuda.
Por eso debemos promover una mayor participación de los hombres y una mejor distribución de las tareas dentro de las familias. También corresponde al Estado facilitar el acceso a los servicios y fortalecer los apoyos disponibles. Una persona cuidadora necesita poder asistir a sus propios controles de salud y encontrar orientación sin que cada trámite se transforme en una dificultad adicional.
Existe, además, una dimensión económica que no podemos pasar por alto: el 84% de las personas cuidadoras identificadas pertenece al tramo del 40% del Registro Social de Hogares. Esto nos exige concentrar los esfuerzos en hogares que enfrentan el cuidado con recursos limitados. Los traslados, la alimentación y las necesidades cotidianas deben resolverse con un presupuesto que muchas veces deja poco margen.
La ruralidad agrega otro desafío. El 28% de quienes cuidan vive en sectores rurales. Para estas familias, acudir a una atención puede requerir organizar un viaje, disponer de dinero y encontrar a alguien que permanezca en casa. La forma en que organizamos los servicios debe considerar esas condiciones para que los apoyos sean efectivamente accesibles.
Tampoco debemos reducir el cuidado a una sola etapa de la vida. Entre quienes reciben cuidados y han sido registrados por una persona cuidadora en el RSH, el 41% tiene 60 años o más y el 38% es menor de 18 años. Las familias necesitan respuestas que reconozcan esa diversidad y que puedan acompañarlas cuando sus circunstancias cambian.
Como seremi de Desarrollo Social y Familia, considero que estas cifras deben orientar nuestras decisiones y el trabajo con los municipios y los servicios públicos. La coordinación tiene sentido cuando facilita la vida de una familia, permite acceder oportunamente a una prestación o ayuda a una persona cuidadora a recuperar tiempo para sí misma.
En Ñuble debemos prepararnos para una vejez en la que cuidar a otro no signifique postergar indefinidamente la propia salud. Esa es una responsabilidad pública y también una conversación pendiente en muchos hogares. Podemos comenzar con una pregunta sencilla, pero debemos estar dispuestos a responder con acciones: ¿qué necesita hoy la persona que está cuidando?
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