Chile sigue mostrando retornos positivos a la educación superior, tanto técnica como universitaria. Este es un punto central que conviene no perder de vista al discutir subempleo y desajustes ocupacionales.
En datos descriptivos de encuestas de hogares se observa, de manera consistente, un gradiente claro: a mayor nivel educacional, mayor probabilidad de empleo y mayores ingresos laborales. Ese patrón, además, no es marginal. En promedio, completar educación superior sigue asociado a mejores resultados laborales que no completarla.
Por eso, una lectura equilibrada del debate exige sostener dos ideas al mismo tiempo: la educación superior tiene retornos positivos, y esos retornos promedio no se distribuyen de manera homogénea.
La evidencia académica respalda este diagnóstico y ayuda a ordenar la discusión. Los retornos promedio de la educación superior son positivos (Card, 1993), incluso para estudiantes en el margen de admisión, tanto en universidades como en educación técnica (Zimmerman, 2014; Aguirre, 2021). Y, al mismo tiempo, bajo ese promedio aparecen diferencias importantes por carrera, institución y contexto de origen (Kirkeboen et al., 2016; Hastings et al., 2013; Rodriguez et al., 2016; Chetty et al., 2020; Mountjoy, 2026).
El estudio del CEP es consistente con esta evidencia y muestra que una fracción relevante de egresados de la educación superior termina en ocupaciones por debajo de su calificación formal, con castigos salariales significativos. Además, evidencia reciente muestra que una fracción importante de trabajadores termina desempeñándose en empleos para los que no fue entrenada, experimentando también castigos salariales (Eckardt, 2026).
Estos fenómenos de mismatch tienen causas tanto por el lado de la demanda —decisiones de individuos sobre sus trayectorias educativas— como por el lado de la oferta —capacidad de los programas de educación superior para preparar a sus estudiantes para el mercado laboral.
Mirando hacia adelante, contar con herramientas que apoyen decisiones educativas informadas y, a la vez, mejorar la alineación entre el sistema formativo y el mercado laboral es fundamental. Pero en el contexto actual, marcado por un cambio tecnológico acelerado, esa tarea es especialmente desafiante. Una estrategia centrada solo en “formar para las vacantes de hoy” puede quedar obsoleta rápidamente. El problema se intensifica cuando consideramos la duración de los programas de pregrado: hay una distancia temporal importante entre la elección de carreras y las tareas que finalmente dominarán el mercado laboral.
Por ello, la agenda debiera combinar tres elementos: mejor orientación para que los estudiantes elijan trayectorias educativas con más información; trayectorias de pregrado más cortas y enfocadas en entregar herramientas para un aprendizaje continuo; y sistemas efectivos de actualización continua a lo largo de la vida laboral.
En la práctica, esto implica pasar de un modelo “frontloaded” —donde la mayor parte de la inversión formativa se concentra al inicio de la vida adulta— a uno más flexible, modular y acumulable. El desajuste ocupacional no solo afecta salarios de corto plazo; también puede reducir movilidad y productividad cuando no existen oportunidades reales de reconversión.
El desafío entonces es avanzar hacia un sistema con más apoyo en la elección de carreras, más flexible y con opciones concretas para actualizar habilidades a lo largo de toda la vida laboral.
Andrés Barrios, director del Human Development Lab de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de los Andes (Uandes)

























