Miel y datos: por qué tecnificar la apicultura es también proteger la economía familiar campesina

Por Laura Pérez, doctora en ecología y biología evolutiva y postdoctorante de Data Observatory

Cada 6 de agosto Chile celebra el Día Nacional de la Miel. Sin embargo, existe una realidad que pocas veces ocupa un lugar central en la conversación pública: más de 10.000 apicultores viven de esta actividad en el país, según cifras de ODEPA, y además cerca del 84% pertenece a la Agricultura Familiar Campesina e Indígena. No se trata de un dato menor. Para miles de familias rurales, especialmente entre las regiones de O’Higgins y Biobío (donde se concentra una parte importante de la producción nacional), la apicultura constituye un pilar de su economía y de su forma de vida.

Ese universo, compuesto mayoritariamente por pequeños productores, enfrenta hoy desafíos que se intensifican año tras año: el cambio climático, la pérdida de flora nativa, enfermedades como la varroosis y una creciente demanda internacional por sistemas de trazabilidad que permitan mantener la competitividad de las exportaciones. Frente a este escenario, cada vez más actores del sector coinciden en que la solución no pasa únicamente por cuidar mejor a las abejas, sino también por comprenderlas mejor a través de los datos.

Pese a su relevancia económica, social y ambiental, gran parte de la apicultura chilena continúa operando con escasa información sistemática. El manejo de las colmenas sigue dependiendo, en gran medida, de la experiencia y observación directa del apicultor: abrir la colmena, inspeccionarla y tomar decisiones a partir de esa evaluación. Ese conocimiento, construido durante años de práctica, es invaluable. Sin embargo, también presenta limitaciones cuando los problemas evolucionan más rápido de lo que un productor puede detectar por sí solo, como ocurre con la mortalidad masiva de colonias, los brotes sanitarios o las alteraciones en los ciclos de floración provocadas por la sequía.

A esta realidad se suma una brecha estructural. El 96% de los apicultores chilenos posee menos de 300 colmenas, mientras que el acceso a tecnologías, conectividad y financiamiento para modernizar los apiarios continúa siendo desigual a lo largo del territorio. La tecnificación existe, pero su implementación avanza de manera fragmentada y, con frecuencia, depende de proyectos piloto de alcance limitado.

Cuando se habla de tecnificar la apicultura, suele pensarse en sensores, plataformas digitales y aplicaciones que incorporan inteligencia artificial. Sin embargo, un importante desafío está en contar con datos propios que las respalden: modelos entrenados con información local ofrecen predicciones precisas y decisiones más estratégicas al contar con evidencia contextualizada y propia de cada zona. Un modelo aplicado a un apiario del sur de Chile es capaz de predecir el comportamiento de una colmena con diagnósticos más precisos si se usan datos locales, si se compara al uso de modelos con datos de Estados Unidos o Europa, donde cambia la flora, la estacionalidad e incluso las dinámicas de las poblaciones de abejas.

Este fenómeno es ampliamente conocido en la ciencia de datos aplicada a la agricultura: los modelos no son universales. Reflejan las condiciones y los sesgos presentes en los datos con los que fueron construidos. En consecuencia, cuando se utilizan sin información local que permita calibrarlos, no solo disminuye su capacidad predictiva, sino que también pueden generar recomendaciones aparentemente precisas, pero inadecuadas para la realidad del territorio, afectando las decisiones de manejo que toman los apicultores.

Es precisamente aquí donde los datos abiertos adquieren un papel estratégico. Generar, compartir y reutilizar información sobre las colmenas chilenas (desde indicadores sanitarios y productivos hasta datos sobre floración y condiciones climáticas locales) permitiría desarrollar modelos adaptados a la realidad nacional, reduciendo la dependencia de herramientas creadas para otros contextos. Al mismo tiempo, un ecosistema de datos abiertos evita que cada proyecto, institución o empresa deba comenzar desde cero, favoreciendo la colaboración entre investigadores, apicultores, autoridades sanitarias y desarrolladores de nuevas tecnologías.

Chile ya cuenta con avances importantes en esta materia. Instrumentos como el registro apícola del SIPEC, administrado por el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG), reúnen información valiosa sobre apiarios, colmenas y su distribución geográfica. El desafío ahora es avanzar hacia un sistema en el que estos datos, junto con los que comiencen a generar sensores y plataformas de monitoreo, puedan convertirse en un bien público interoperable, accesible y útil para fortalecer la innovación y la toma de decisiones en todo el sector.

La miel seguirá siendo, en esencia, el mismo producto de siempre. Lo que debe cambiar es la forma en que entendemos la información que sostiene su producción. Si Chile aspira a construir una apicultura más resiliente, competitiva y preparada para enfrentar los desafíos del futuro, la pregunta ya no es únicamente qué tecnología incorporar, sino quién genera, quién comparte y para quién están disponibles los datos que la hacen posible.

 

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